Las inquietudes

Vivía en el primer plano de nuestra antigua tierra, el llamado Erz, definitivamente no en la región más pobre, pero en donde las artes del misterioso y quizá sobrevalorado segundo plano, la tierra de Eltek, eran para un pequeño como yo el inalcanzable objetivo y que, en mí, se volvió casi una obsesión: llegar al plano al que no llegaban muchos, el lugar donde se decía que los escogidos aprenderían las artes del dominio, del descubrimiento y de la mejora, aquellas artes que harían de nuestro mundo uno mejor.

Eltzal era, a pesar de las limitaciones, un lugar lleno de vida, verde, en donde cada uno de los que habitábamos la sobrepoblada aldea nos veíamos obligados (no por nada sino por la costumbre) a contar con al menos un cultivo, fuese éste de árboles frutales, de cultivo subsoterráneo verde o de cultivo colorido y, aunque pocos, puesto que esto estaba más bien acaparado por las castas superiores de la región (en geneal llamados los katrox), hasta fauna que produjese alimento.

Poco esperábamos en aquél entonces que la sombra llegase de manera sutil a casi exterminar toda la riqueza existente… pero ésa es otra historia.

Como parte de una casta que aunque no gozaba de la riqueza y el poder de los katrox, podía vivir bien y mantenerse sin la precariedad de otras castas, entrabamos realmente de corta edad al ciclo de la preparación para generar bienestar: mi padre, que había podido escalar con esfuerzo propio como sirxon (curador) y que había absorbido lo que podía en planos cercanos a Eltek aunque decició regresar a su lugar de origen para mejorar las cosas, nos dejaba en posición de acceder a nuestro -de nuevo- limitado templo de saber, uno de los tres más afamados para los pertenecientes a nuestra casta: Extre, donde los monjes de manto oscuro ejercían su oficio de prepararnos.

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